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miércoles 23|08|2017

Una escapada de finde para descubrir la historia de Holanda

El país de los molinos de viento, las bicis, los tulipanes, el queso… es además el que cuenta mayor concentración de museos del mundo. Aquí la historia se protege y se comparte.

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Destino de la zona euro, situado en el norte de la Unión Europea y conocido popularmente como Holanda, Países Bajos guarda mil atractivos para una escapada de finde. En este caso te invitamos a centrarla en sus tradiciones y su historia. Un viaje especial en dos paradas, una para cada día del fin de semana.
Primera parada: Zaanse Schans
Existe un pueblecito situado al norte de Ámsterdam que se ha conservado como un reducto de la vida de otros tiempos. Un museo al aire libre del pasado preindustrial de Holanda y tiene una colección de molinos antiguos -la mayoría de más de 200 años- que todavía están en uso, así como una buena colección de casas y museos históricos.
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Se encuentran a una media hora en autobús desde el centro de Ámsterdam. De camino, verás casas sobre el agua, la zona de astilleros, huertos primorosamente colocados, un paisaje apacible, llano y verde, con edificaciones de grandes ventanales para aprovechar toda la luz posible al interior de las viviendas. Casitas con el barco a la puerta, atracado en los canales. Flores en los balcones, en cada ventana. Miles de bicicletas de paseo.
Zaans es el nombre del río. Schans significa fortaleza, se refiere a un bastión construido en la guerra contra el Reino de Castilla. Los primeros molinos se construyeron allá por el siglo XVI, y luego en el XVII se inventó el molino de planta octogonal, el más típico, cuya energía se utilizaba para serrar las maderas que llegaban de Brasil y otras colonias. Otros molinos fabricaban pigmentos.
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A finales del XIX, tras la revolución industrial los holandeses los demolieron, no querían depender más del viento. Pero tampoco quisieron perder su historia. En los años 50 del siglo XX, con la ayuda de varias empresas privadas holandesas, se construyó este pueblo tal y como lo conocemos hoy, un reducto turístico en el que se puede viajar en el tiempo sin necesidad de pagar entrada. La Fundación que lo gestiona cobra alquiler a familias que viven y trabajan en los molinos y que mantienen vivos los oficios tradicionales. Hacen queso, tuestan cacahuetes, fabrican zuecos… elaboran mostaza.
Nada más llegar verás el museo del chocolate Verkade. En esta zona se procesa el cacao, uno de los productos que llegan en mayor cantidad al puerto de Ámsterdam. En cuanto entres en el recinto histórico te sorprenderán pequeños molinos en miniatura entre la hierba, son los encargados de mover el agua de los canales para que no se estanquen, los hay por todos los Países Bajos. Y de vez en cuando una garza.
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Cuando hay poco viento se cubren las aspas de los molinos con ‘velas’ que giran al revés del reloj. Verde, negro… antes el agua que llegaba hasta aquí era salada, por lo que se utilizaban los colores más resistentes.
      

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