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domingo 22|04|2018

La pérdida del patrimonio

Francisco Fontano Patán, máster en Periodismo de Viajes

En diciembre de 2014 un periódico local levantó la voz de alerta. Una casa de estilo porfiriano, diseñada por el arquitecto Rafael Goyeneche y catalogada como un monumento de valor artístico por el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) de México, estaba siendo destruida por una empresa constructora que pretende levantar una torre de 58 niveles en el predio que ocupa la casona histórica.

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Al momento en que se conoció la noticia las autoridades de la ciudad de México intervinieron, clausurando la obra que, según expertos, ya había perdido 40% de su superficie. A pesar de las medidas, hoy los daños continúan.
El hecho lamentablemente no es aislado, y es una muestra de cómo la corrupción e inoperancia de las autoridades, así como el desinterés de la ciudadanía, le cuesta a una ciudad su patrimonio histórico, del cual parte la identidad de cualquier lugar.
La casa de Goyeneche es la última de una larga serie de intervenciones que han costado al Paseo de la Reforma, una de las avenidas más importantes de la ciudad, el 90% de sus monumentos artísticos; los turistas que hoy caminan por ella no verán en ella nada que los remita al bulevar de estilo parisiense que planeo Maximiliano de Habsburgo al diseñarlo, ni a las casas de estilo europeo que lo engalanaban a inicios del siglo XX. Las diez que sobreviven, ahogadas entre rascacielos sin valor arquitectónico, han quedado privadas del contexto urbano que les daba sentido.
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Este ejemplo es lamentablemente sólo una muestra del riesgo en el que está el patrimonio de decenas de países en vías de desarrollo. Durante mis viajes por el mundo he podido ver como ciudades que otrora tenían una interesante arquitectura la han sacrificado en pos de una modernidad mal entendida: ni África, ni Asia, ni Latinoamérica se salvan de esto.
El turismo es una herramienta esencial para la conservación del patrimonio de países como México, el interés económico que implica, así como la vigilancia que instituciones internacionales hacen son fundamentales para que centros históricos y áreas arqueológicas se mantengan y protejan, e incluso tenemos ejemplos envidiables como Guanajuato. Pero es necesario que la protección y el interés vayan más allá de lo económico.
Tras vivir un año en España fui testigo de cómo incluso las ciudades pequeñas protegen su pasado, mismo que permite a sus habitantes tener muy valiosas señales de identidad. También en mis viajes he visto como las grandes ciudades no sólo conservan, sino que restauran sus monumentos cuando estos sufren algún daño.  Espero que llegue el día en que mi país y el resto del mundo tengan esa conciencia de la importancia de su pasado, antes de que otros lugares sufran el destino de la otrora emblemática avenida de mi ciudad.
 
Ciudad de México. México.
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