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sábado 16|12|2017

¿Por dónde llega mi maleta?

Federico Ruiz de Andrés, periodista

Terminal 1 del aeropuerto de Madrid-Barajas. Sala de recogida de equipajes. Ocho y pico de la tarde de un domingo de julio. ¿Temporada alta? No lo parece, la sala está desierta cuando llegamos.

De pronto, de un vuelo de easyjet procedente de Edimburgo desembarcan varias decenas de viajeros, tal vez un par de cientos, y comienzan a distribuirse por la sala vacía en busca de sus maletas. Todos han pagado por el transporte de su maleta.

Una pantalla, la segunda, anuncia la llegada del equipaje procedente de Edimburgo por la cinta número 2. Se abre una puerta, y varias decenas más de viajeros entran en la sala. Otro vuelo, y otro más, hasta cuatro se reúnen en un momentito.

Un viaje insensato

Ana Bustabad, periodista

Ya me lo decía mi madre: ‘No me parece sensato que hagas un viaje de nueve horas sólo para descansar. Sol y playa hay en todas partes’.

¿Nueve horas? Eso, sin contar las otras siete que he invertido en trenes de alta velocidad, metros y autocares para llegar hasta aquí. Y todo ha merecido la pena.
Pero, claro, mi madre nunca ha estado en el Caribe. Es decir, nunca ha dedicado una semana a gandulear en uno de estos maravillosos resorts de playa con todo incluido. Sus vacaciones siempre son exóticas, irreprochablemente culturales. ‘Con todo lo que hay que ver’.
Que no digo que no. Pero cuando se lleva todo el año esperando por una semana de calorcito, piña colada y tumbona hay que intentar darle gusto al cuerpo. Y el mío pide Caribe. Arena que parece azúcar, olas de agua templada color larimar, noches sin chaqueta.
Lo mismo han debido de pensar la mitad de los recién casados españoles, a juzgar por la pinta de mis compañeros de vuelo. Recién pelados ellos; sus jovencísimas mujeres: tipo estupendo, moreno de solárium, manicura y pedicura francesa y cabello largo. Maletas a juego, insultantemente nuevas. Tanto, que tengo que empujar a la mía porque le da vergüenza dejarse caer en la cinta de facturación del aeropuerto.

El uso adecuado del idioma en el turismo

Alberto Bosque Coello

Alberto Bosque CoelloHay dos temas de los que todo el mundo habla, y es justo que sea así. Uno es el fútbol, porque todos llevamos un entrenador dentro. Y otro es el turismo, porque todos somos turistas.

Pero ello conlleva que escuchemos cosas discutibles y a veces impropias. Hoy me gustaría hacer una reflexión sobre términos que utilizamos en turismo, que en mi opinión son cuanto menos inadecuados.
Uno de ellos es cuando nos referimos a ‘turismo de calidad’ equiparándolo al ‘turismo de lujo’. Aludiendo a ‘la calidad’ pensamos en hoteles de 43 estrellas con mayordomos debajo de la cama, y 23 tipos de jabones de sabores tropicales en el baño.
‘Calidad’ no es eso, sino el encontrar un servicio esmerado, amable y adecuado al precio que un cliente está pagando, ya sea por un hotel o un camping, un restaurante de lujo o un bar de tapas.
Yo sé de tantos albergues de calidad, y muchos hoteles de lujo de poquísima calidad. La calidad equivale a buen servicio, y no al lujo.


Mira que lo hacen difícil

Ana Bustabad, periodista

Ayer estaba viendo de nuevo un capítulo de Mad Men, una serie ambientada en los años 60 que trata de las historias de un equipo de publicistas de Nueva York, y me moría de envidia por no haber podido probar un poco de ese glamour, por no haber podido vivir esa época dorada de los creadores de sueños y de las mujeres que descubrían por primera vez la otra cara del mundo.

Una de las escenas que más me envidia me produjo se desarrollaba en un restaurante de moda, de esos donde un camarero vestido de blanco impecable te prepara los cócteles en tu propia mesa.
 Cenaban dos parejas y las chicas se retiraron un momento para ir al tocador de señoras -porque a eso no se le puede llamar aseo de ninguna manera-. Y qué tocador, dios mío. Qué lámparas de araña y qué sillones coquetos de piel blanca, y qué espejos y qué amplitud y qué todo.
No pude evitar bajarme de golpe de la nube de glamour, con trompazo incluido, acordándome de esos aseos cutres a los que nos tienen acostumbrados hoy en día. Sin ir más lejos, los de las estaciones de tren de Chamartín y Atocha, en Madrid, que tuve que sufrir ayer por la tarde.

Compañeros de viaje

Clyde, gato viajero

No sé qué sería de algunos viajes sin un buen compañero.

Como ese desconocido del asiento de al lado en el avión que, cuando te ve con cara de sueño o leyendo un libro, respeta tu espacio y te acompaña en silencio. O aquel otro que te ameniza un largo viaje transoceánico con una charla interesante.

A veces los mejores compañeros de viaje son personas con las que no cruzamos ni una sola palabra. Cómplices silenciosos de nuestras esperas en el aeropuerto, del pitillo de última hora en la pecera de sala de embarque.
Me gustan esas miradas de deseo que se cruzan en el andén dos viajeros que se gustan por primera vez. Preludio tal vez de mil viajes juntos. O esas sonrisas compartidas con el botones en el vestíbulo del hotel.
A veces los compañeros de viaje no son personas. Son animales, o cosas.

De trenes en Cuba

Quique Ruiz, periodista

Publicaba esta semana el diario Granma que el Gobierno cubano está decidido a recuperar el sistema ferroviario de la isla.

Mientras inauguraba un nuevo puente en Guantánamo, en el oriente del país, el vicepresidente del Consejo de Ministros, Antonio Enrique Lussón, confirmaba que sus planes incluyen la reparación de nada menos que 6.000 kilómetros de vías férreas.

Cualquiera que viaje a Cuba comprobará con alivio que, a diferencia de la mayoría de países de América Latina, el trazado ferroviario no ha sido desmantelado, y sus vías bruñidas por el tiempo se extienden por todo el país como una gran red de esperanza.