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sábado 18|11|2017

El Salvador, pulgarcito de América, gigante del añil

Un día en Suchitoto

El Salvador es un destino real, potente, un lugar para deleitarse. Su variedad paisajística y exhuberante flora, unidas a una población acogedora y amable, hacen que te sientas arropado, querido, que lo vivas planificando ya el regreso. Lo de "real y potente" son calificativos del hombre que más sabe de turismo en el país; "pulgarcito" es un apelativo cariñoso, usual allí por su condición de estado más chico de la América continental.
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El añil seguramente es el producto (y el color) que mejor lo identifica en todo el mundo. Después de un letargo de casi cincuenta años, en los cuales los colorantes sintéticos le ganaron la partida, la industria del índigo vuelve a tomar impulso en esta tierra. La elaboración del "oro azul" salvadoreño entre 1783 y 1792 suponía más del 90 % de la producción centroamericana, aunque en esa época fuese más conocido como "añil de Guatemala", ya que también era el nombre de la Capitanía que abarcaba casi toda Centroamérica, incluyendo Chiapas, Belice y algunas provincias de Panamá, además de los actuales Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica. La pujanza económica de El Salvador en el siglo XVIII dependió de la exportación de su tinte.
Hoy, aprovechando la tendencia a recuperar productos naturales, El Salvador apuesta nuevamente por el cultivo del jiquilite, apoyado desde el gobierno y por las asociaciones de añileros y amigos del añil. Paralelamente, algunas cooperativas de mujeres retoman las técnicas ancestrales para aplicación del tinte, ocupándose de la elaboración de prendas textiles y su comercialización, sin descuidar la formación de las nuevas generaciones y la participación en el ámbito del turismo, de tal modo que ya son habituales las visitas guiadas con participación de los invitados en labores de diseño y tintado de las piezas.
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Los enviados de Expreso pudimos participar activamente del proceso de teñido de ropa en un taller de la ciudad de Suchitoto, por gentileza de las 'Artesanas Pájaro Flor', una cooperativa que se autodefine como "microempresa conformada por mujeres salvadoreñas de diferentes comunidades de las zonas rurales, utilizando técnicas artesanales de teñido con añil". La monitora nos enseña alguna de las técnicas y nos explica cómo las sucesivas inmersiones de la tela, alternadas con otras tantas exposiciones al aire, van favoreciendo la oxidación necesaria para fijar el color. El procedimiento manual que se aplica a las prendas hace que el proceso mecánico se convierta en la oportunidad de crear en cada intervención, ya que los únicos límites son la habilidad y la imaginación del artesano. Es la gratificante oportunidad de elevar una rutina a la categoría de arte.
Pero el añil no fue el único hallazgo en la visita a Suchitoto. Nos aguardaba el bello y llamativo Lago Suchitlán que en realidad es agua del río Lempa, embalsada por la Presa Cerrón Grande. Allí, bajo las pérgolas de la Posada Suchitlán, disfrutamos de estupendas carnes a la brasa con guarnición típicamente salvadoreña, compuesta por frijoles fritos, tomate aderezado con cebolla y cilantro, plátano frito, ensalada de varios vegetales en juliana... Una comida al aire libre con la temperatura equilibrada por el bosque que nos envolvía; allá abajo, el lago; detrás de las montañas, Honduras...
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Era sólo el comienzo. En el paseo hacia el centro de Suchitoto nos cruzamos con un entierro que parecía llevar, como acompañamiento, toda la gente del pueblo. Iban muy juntos rodeando al difunto, cuyo ataúd sobresalía en una especie de urna transparente elevada sobre la carroza. La iglesia, dedicada a Santa Lucía, esconde el estilo colonial detrás de seis columnas jónicas que soportan una amplia balconada. Su construcción es del 1853 y su planta basilical aparece pavimentada con baldosas de múltiples dibujos geométricos. Está en la Plaza, a la que también hace esquina la Casa de la Abuela, donde volveremos a cenar. Muy cerca, en un local que también da a dos calles, un molino eléctrico de compleja mecánica da servicio a la población. El espacio es pequeño y un grupo de mujeres, ocupando parte de la acera, espera el turno para obtener su pasta de maíz.
La Casa de la Abuela, idónea para una agradable velada antes de retirarse a descansar, podría ubicarse sin trauma en la época colonial. Un establecimiento mezcla de albergue, mesón y almacén comercial, con vocación de atraer al viajero, cuyo espacio principal, abierto al patio interior, es a la vez lugar de ceremonias en el que el chamán desarrolla su ritual en torno a la hoguera; santuario de la Virgen de Guadalupe, que nos observa desde un rincón; comedor con 'taller' de cocina en directo, donde los voluntarios pueden participar en la elaboración de pupusas, por ejemplo, las famosas tortitas hechas con masa de maíz o arroz y rellenas de chicharrones, frijoles y queso, con todas las combinaciones posibles; además de paso a los dormitorios y hacia la exposición y venta de artesanía, libros y quincalla.
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Un placer añadido es alojarse en Los Almendros de San Lorenzo, un caserío restaurado y ampliado hasta convertirlo en una suerte de anticuario con aire familiar y confortable. El conjunto recrea una pequeña aldea escalonada en torno al área de piscina, arropada por una desbordante pero ordenada vegetación. Los propietarios, un francés y un salvadoreño, más anfitriones que hoteleros, nos hicieron sentir como parientes esperados que vuelven al hogar.
 
Texto y fotos: Manolo Bustabad Rapa
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