DESCUBRE
 
sábado 18|11|2017

El Salvador, pulgarcito de América

Con naturalidad

Seguimos con nuestro particular periplo por el occidente salvadoreño afianzándonos en la percepción de tranquilidad y amabilidad de su gente. Sobre todo, naturalidad. Los escolares cruzan las plazas con sus mochilas, los mercados están a rebosar, las iglesias con las puertas abiertas de par en par... Y también tuvimos oportunidad de conversar con dos miembros de la policía turística, que, además de asistir, orientar y ocuparse de la seguridad, velan por la protección del patrimonio. Uno de ellos es especialista en primeros auxilios y el otro en rescate acuático. Ante nuestras dudas, nos explican que cualquier viajero puede contar con asistencia policial para desplazarse por el país, incluso a título individual, simplemente con solicitarlo. Continuamos, pues, con el relato cronológio de esta segunda jornada y encuentros dentro y fuera del programa, pero siempre gratificantes. Siempre con naturalidad.
policia_turismo
Concepción de Ataco, en plena 'Ruta de las Flores', aún nos reservaba buenos ratos. Muy cerca, en dirección a Apaneca, nos encontramos de nuevo con un lugar mágico, donde las antigüedades rivalizan con las flores, con capilla para bodas, además de vivero de plantas para la venta... es el Jardín de Celeste, un lugar ideal para quedarse disfrutando de una de sus cabañas rústicas, totalmente equipadas y rodeadas de cafetales. En esta ocasión no puede ser, pero nos tomamos un buen desayuno salvadoreño a base de verduras, frijoles refritos, queso, plátano frito y jugo de fruta, además de un aromático café; nos espera una larga jornada.
desayuno_salvador
Nuestra próxima cita, aún en Ataco, era el 'Beneficio el Carmen', una plantación y factoría de transformación del café, fundada en 1930 por Agustín Alfaro y que va por la cuarta generación. Se trata de conocer todo el proceso de la mano de un guía especializado, desde 'uva' a 'oro fino', pero esa historia bien merece un capítulo aparte.
Ataco
Cerca de Ahuachapán, rumbo a nuestra primera cita arqueológica, nos cruzamos con dos leñadores que usan peculiares carretas artesanales para transportar su producto hasta el pueblo. Les llaman carretas de baleros y nos resultan familiares por su semejanza con carros o carrilanas artesanales de madera que se utilizan en algunas zonas rurales de España para competiciones de velocidad en vertiginosos descensos. El eje delantero se maneja con los pies, sirviendo de dirección, y se frena con una palanca que acciona dos zapatas sobre las ruedas traseras. La única diferencia es que éstas salvadoreñas son más largas y con un espacio para la carga. Un oficio humilde y duro en un país en que el combustible más usado para cocinar es la leña.
carreta
      

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