A BORDO
 
martes 17|10|2017

Atardecer en la Albufera, sensaciones inolvidables de Valencia

Texto y fotos: Ana Bustabad Alonso y Federico Ruiz de Andrés
Cuando una ciudad tiene tanto que ofrecer como Valencia es complicado hacer hueco para descubrir los alrededores. Pero un atardecer en la Albufera regala sensaciones tan inolvidables que no hay excusa que valga.
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Este humedal enorme, uno de los más importantes de todo el Mediterráneo, guarda con fruición la calma de viejos tiempos. Sus silencios, el sonido tranquilo de la naturaleza, desvelan aquí sin aspavientos las cosas importantes de la vida.
Como una premonición, apenas sale de la plaza de la Reina, el bus turístico que lleva a la Albufera comienza su recorrido por la calle Joaquín Sorolla, el pintor que mejor ha captado la luz mediterránea.
A través de los auriculares, con traducción a ocho idiomas, el camino va desgranando historias, curiosidades. Es un viaje mucho más especial si se hace a la puesta de sol, que en España va variando de horario a lo largo del año.
Tras las imponentes siluetas de la Ciudad de las Artes y las Ciencias (CAC), que impresionan mucho más a la vuelta, iluminadas, la carretera se llena de flores de adelfas a los lados. Al fondo, las grúas de colores del gran Puerto de Valencia, el segundo de España en tráfico de mercancías tras Algeciras.
Cruzamos el nuevo cauce del Turia, inaugurado en 1961 tras la gran riada del 58, que inundó Valencia a 5000 m/s de caudal y provocó muchas pérdidas humanas.
La audioguía nos cuenta que el agua de la Albufera solo procede del mar en otoño. Imposible seguir prestando atención, con el espectáculo inmenso de arrozales que comienza.
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Hace seis mil años, el mar entraba en un Golfo hasta Valencia. Pero los materiales de erosión que arrastran los ríos Turia y Júcar cerraron este lago. Plinio el Viejo lo descubrió, los moros aceleraron el proceso para lograr más tierras de cultivo, y el rey Jaime I de Aragón se enamoró de este lugar. Tanto, que lo incluyó en su patrimonio personal.
Más tarde, en 1761, Carlos III dictó el Edicto de las Reales Ordenanzas, que permitía el relleno de la Albufera para arrozal. Fue propiedad de la Corona hasta 1927, cuando lo compró la ciudad de Valencia.
Entramos al Parque Natural. Tres ecosistemas en nada menos que 21.120 hectáreas. Marjal, llanura ocupada por arrozales; lago de la Albufera; y devesa, la franja de tierra que lo separa del Mar Mediterráneo. Por fin. Pinos a la izquierda, marjal a la derecha. Varios policías en quad, y el precioso humedal ante nosotros.
Patos, mújoles, anguilas, rompeguadañas, carpas, comparten su agua dulce con la vegetación anfibia de juncos espigados, cañizales que forman las matas, pequeñas islas flotantes. La profundidad no es mucha, entre 75 centímetros y 3 metros todo lo más.
Seguimos hacia El Palmar, la mayor isla del lago, refugio de aquellos pescadores procedentes de Ruzafa cuando el mal tiempo complicaba la faena.
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