AZUL MARINO
 
miércoles 23|08|2017

Apuntes emocionalmente ordenados de un viaje a los fiordos

Texto y fotos: Manuel Bustabad Alonso

Asumo como habitual una cierta incapacidad para ordenar en la memoria un viaje según criterio objetivo, ya sea temporal o geográfico, y puedo al referirme a los fiordos buscar causa externa con más facilidad. Tiene gran parte de culpa el sol, que impone noches de claridad o días sin mediodía al antojo de las estaciones, tan pronunciadas aquí que son dos viajes distintos, ya sea verano o invierno. No es fácil encontrar el norte tampoco, siempre tras el siguiente acantilado, siempre más allá de lo previsto, después de la siguiente montaña, perdiendo importancia según las lenguas de mar, por todos lados, van sumergiendo al viajero en una niebla de la que no se quiere salir, como un ruido blanco, como una obertura de Wagner que no termina hasta el quinto acto.
fiordos
Ya antes de llegar, sobrevolando Noruega con la perspectiva de la distancia, se anticipa la irrelevancia humana en el equilibrio entre el mar y la piedra, que tras siglos de lucha glaciar conviven con tranquilidad entremezclados en un inmenso laberinto de naturaleza inmóvil. Las cabras y los ríos verticales aquí atrapados forman parte del escenario, y el ser humano es afortunado espectador.
 
Los Fiordos
Sognefjord (fiordo de Sogn)
No sería capaz de empezar un recorrido emocional por los fiordos en ningún lugar distinto. Siendo el más largo de Noruega, con múltiples ramificaciones, y teniendo acantilados de más de un kilómetro de altura a sus bordes, lo que impresiona de esta ría son sus mil trescientos metros de profundidad en algunos puntos. La experiencia más sobrecogedora que recuerdo en contacto con la naturaleza consiste en la quietud de una lancha neumática, con el motor apagado en el centro de ese abismo, rodeada de paredes verticales.
Para ello basta alquilar una barca en Flam, punto de referencia al final del brazo Aurlandsfjord, donde ha cobrado fama el tren que remonta el valle del Flam durante veinte kilómetros hasta Myrdal, donde continuar viaje o simplemente tomar un café y unas tortitas en el Café Rallaren, en la estación, antes de regresar al pueblo. Para evitar sorpresas es recomendable reservar billete con antelación, incluso a través del portal web, pues miles de turistas llegan hasta aquí cada día de verano en cruceros que amarran al final de la ría. En las esperas se puede visitar el museo del ferrocarril, al lado, con maquetas de todo tipo de maquinaria.
tren_Flam 
Geirangerfjord (fiordo de Geiranger)
En realidad una rama de Storfjiorden de apenas quince kilómetros de longitud y poco más de uno de ancho, se ha convertido en uno de los más turísticos del país debido a sus cascadas de agua. Saltos como el de las Siete Hermanas, con sus respectivas caídas verticales, la más alta de doscientos cincuenta metros. Una más en la pared de enfrente, llamada el pretendiente, sirve de pretexto a leyendas con las que el guía ocupa la travesía en caso de que se tenga la prudente idea de contratarla.
Se podrá fácilmente desde Geiranger, al final del fiordo, pequeño pueblo de apenas doscientos habitantes que también se ve inundado por el turismo, único motor económico de la zona. Desde él una subida –a pie o en autobús si se ha llegado sin coche propio hasta aquí- de unos pocos cientos de metros permite tener perspectiva de la inmensidad del entorno.
Geiranger
      

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