AZUL MARINO
 
viernes 15|12|2017

Camariñas, o mar todo (Camariñas, el mar todo)

 Esta Costa da Morte (Costa de la Muerte)  bautizada seguramente por los británicos, golpeados una y otra vez por el mar contra estas rocas con nombres propios, está en el noroeste de Galicia, en España, justo en esa punta donde primero roza la Corriente del Golfo, que trae aromas de América y nunca se detiene, buscando luego otras peñas en la Bretaña. Aquí lo saben todos desde la infancia, por eso se sobrecogen aún más cuando el desastre ocurre mar adentro hacia el Oeste, ya que la corriente se encargará de traer los despojos un día.



Hay quien explica que el nombre viene de tiempos lejanos, por la muerte diaria, misteriosa, del sol sumergido en el mar. Y quien la relaciona con los percebeiros y pescadores que desaparecen cada año, muertos propios, más cercanos.

Sea como fuere, no se puede entender la Costa da Morte sin recorrer el litoral de Camariñas, su cementerio de los ingleses, su museo de Man, las piedras de los enamorados, la del oso, las baleas y las islas lobeiras, sin otear las rompientes desde la mismísima linterna del faro Vilán... Sólo con eso la impresión en nuestra retina no se borrará, pero la verdadera emoción, la que nos pone la piel de gallina, la sentiremos observando y escuchando las voces de su gente, sobre todo las mujeres, que hace ya muchos años asumieron un rol de igualdad, y aún de protagonismo, ante la dureza de un entorno hostil y muchas veces cruel, que da pocos respiros.

 

Paseo por Camariñas y visita al Museo do Encaixe

La villa presenta un aspecto colorista propio de los pueblos marineros, en los que era costumbre aprovechar la pintura sobrante de los barcos para remozar y proteger las casas, sin embargo quedan pocos vestigios de las primitivas edificaciones de pescadores. Afortunadamente, contamos con la compañía de Bernardino Martínez Castiñeira, un camariñán estudioso de la historia y etnografía de estas tierras, que nos enseña los rincones y detalles más interesantes.



Así, con él, nos trasladamos a épocas pasadas para conocer la evolución de las costumbres y los hogares. Desde el espacio único de poco más que una cabaña, ocupada sobre todo por las herramientas y artes de pesca, el nacimiento del sobrado o piso alto para la vida familiar, hasta la independencia de esta nueva planta como reducto más personal. Por cierto, la intimidad familiar de este espacio sólo se rompía por las palilladas (1) en las largas veladas invernales. Alrededor de un banco se agrupaban las palilleiras para calentar el ambiente y compartir gastos de luz, que en tiempos no tan lejanos obtenían de una lámpara de carburo.

Es momento de hacer una pausa, pararnos en el Museo do Encaixe y adentrarnos en esta peculiar artesanía del encaje de bolillos, que se practica en toda la comarca pero con epicentro en esta villa, de la que tomó el nombre. Efectivamente, los encajes de Camariñas, conocidos en todo el mundo, se confeccionan artesanalmente con la misma técnica secular y se transmiten a las nuevas generaciones desde los primeros años de la infancia. Todos los años, en fechas próximas a la Semana Santa, se celebra la Mostra do Encaixe de Camariñas, cuya directora, Dolores Lema, nos desvela todos los secretos e historia de esta artesanía, que la tiene a un lado y otro del Atlántico. Es tal la importancia de esta actividad que cuenta con concejalía específica, acoplada, eso sí, a la de turismo.

Como nos queda a mano, en la entrada del pueblo y pegada a la costa, aprovechamos ya la oportunidad de conocer Boya, la única fábrica de conservas del ayuntamiento, que sorprendemos con toda su cadena centrada en envasar atún.

Continuamos el paseo con Bernardino, esta vez hacia las proximidades del puerto, para contemplar un barómetro de más de cien años a través de la vidriera que protege su hornacina. Es conocido como el barómetro del Serpent, ya que fue donado por el Almirantazgo inglés, entre otros regalos, en agradecimiento a la población por su comportamiento en el naufragio de ese buque. Caminando a la derecha del puerto, y sobrepasando el espigón, llegamos a las ruinas del Castillo del Soberano, una fortaleza defensiva del siglo XVIII, cuyo cometido nunca llegó a desempeñar, ya que la batería de cañones colocados para tal fin sólo alcanzaba a la mitad de la ría.

Un poco más allá, hacia el Norte, la capilla de la Virgen del Monte, en lo alto de un promontorio, domina toda la boca de la ría y proporciona una fantástica vista de las puestas de sol y las rompientes hasta Cabo Vilán. Buena posición para el trípode.

Buen modo de rematar el paseo es recalar en el Náutico, una sociedad con más de 200 socios en cuya dársena se registraron 777 entradas en 2013, el 10% de toda Galicia. Es habitual que en su club social se celebren reuniones culturales de todo tipo. Tuvimos ocasión de asistir a una degustación de algas por gentileza de Porto-Muíños, una empresa gallega dedicada investigar sobre los recursos del mar, que cultiva y comercializa algas.

 

 

      

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